Schopenhauer y la “felicidad negativa”…

Schopenhauer soltó una frase que suena como baldazo de agua fría:

“Toda satisfacción, o lo que comúnmente se llama felicidad, es en realidad y esencialmente siempre negativa y nunca positiva”.

¿Negativa? ¿Cómo que “negativa”? No en el sentido de “mala”, sino en el sentido de que la felicidad no sería una cosa que “se añade” a tu vida, sino un alivio momentáneo: la pausa del dolor, la tregua del hambre, la reducción del ruido interno. Un “se quitó algo” más que un “se ganó algo”.

Y si esto te parece pesimista, aquí viene lo interesante: la psicología moderna—sin ponerse filosófica—ha terminado describiendo un mecanismo muy parecido.


El péndulo: dolor ↔ aburrimiento (y el motor oculto que lo empuja)

Schopenhauer creía que el corazón del problema es la Voluntad: un impulso básico, ciego, irracional, que siempre quiere algo. No “quieres” por pensar: piensas para justificar lo que quieres (y para complicarte con estilo). En términos más académicos, la Voluntad es una fuerza de “striving” sin satisfacción final.

De ahí su famoso péndulo: la vida va y viene entre el dolor y el aburrimiento. Cuando deseas y no obtienes, duele. Cuando obtienes, el deseo se apaga… y aparece el vacío. Entonces buscas otro deseo. Repite.

La idea es incómoda porque pincha un globo moderno: “cuando logre X, ahora sí”. Schopenhauer diría: cuando logres X, tu cerebro (y tu Voluntad) ya está buscando Y.


La cinta de correr hedónica: la versión “laboratorio” del péndulo

En psicología, a esto se le parece muchísimo la hedonic treadmill (cinta de correr hedónica): la tendencia a volver a un nivel base de bienestar después de cambios positivos o negativos. El término se asocia a Brickman y Campbell (1971).

Un estudio clásico comparó ganadores de lotería con un grupo control y con personas con parálisis por accidentes: el resultado famoso (y a menudo malinterpretado) es que los ganadores no eran “dramáticamente más felices” que los controles, y además disfrutaban menos los placeres cotidianos.

Ojo: investigaciones posteriores matizan el “set point” rígido. No todos regresan igual ni siempre, y hay diferencias individuales importantes.
Pero el patrón general es sólido: la satisfacción se adapta.

Traducción schopenhaueriana: la Voluntad no se calla; sólo cambia de tema.


Amor líquido + Schopenhauer: cuando el deseo se disfraza de “necesito algo nuevo”

Aquí entra Bauman. Su “amor líquido” describe vínculos frágiles y reversibles, relaciones con “salida de emergencia” incorporada.

Leído con Schopenhauer en mano, el amor moderno puede caer en un bucle:

  • Deseo (validación, miedo a la soledad, dopamina social)
  • Satisfacción (arranca la relación, baja la ansiedad)
  • Adaptación (lo nuevo se vuelve normal)
  • Aburrimiento / inquietud
  • Nuevo deseo (otra historia, otro chat, otra “chispa”)

No es casual que hoy existan formatos como la situationship (vínculo sin etiqueta ni compromiso claro): casi un “amor en modo prueba gratis”.


Entonces… ¿hay salida o Schopenhauer tenía razón y ya mejor apagamos todo?

Schopenhauer no proponía “ser feliz” como meta. Proponía reducir el dominio del deseo. Y daba dos rutas principales:

1) La estética: el raro momento en que el “yo quiero” se calla

Cuando te absorbe una pieza musical, una película, un paisaje, un libro… ocurre algo extraño: por un momento, no estás usando el mundo para algo. Sólo contemplas. Schopenhauer lo conceptualiza como un estado “sin voluntad” (will-less), una pausa del impulso.

2) La compasión: salir del “yo” como centro del universo

Para él, la compasión no era “ser buena gente” por normas sociales; era una intuición metafísica: el sufrimiento del otro no es radicalmente ajeno. De ahí que la ética se apoye más en compasión que en cálculo.

Dato curioso (y muy humano): Schopenhauer vivía solo con caniches y les ponía nombres que rozan el meme filosófico: Atma/Atman (concepto ligado a “alma” en tradiciones indias) y Butz. Sí: el pesimista profesional tenía perro con nombre metafísico.


7 formas prácticas de “bajarle volumen” a la Voluntad (sin irte a una cueva)

Aquí mezclo Schopenhauer + evidencia moderna sobre adaptación hedónica:

  1. Sustituye “más” por “mejor”
    La cinta hedónica se alimenta de upgrades. En vez de “más cosas”, busca “más calidad de experiencia” (mejor conversación, mejor salud, mejor sueño).
  2. Diseña placer con fricción (micro-escasez)
    La adaptación se acelera con disponibilidad total. Pequeñas reglas tipo: postre sólo viernes o redes sólo 2 ventanas al día. No es castigo: es neuroeconomía.
  3. Gratitud específica (no genérica)
    “Estoy agradecido” es aire. Mejor: 3 detalles concretos (una llamada, una caminata, una comida) para entrenar atención a lo estable.
  4. Savoring: estira el momento
    La Voluntad vive en el “después”. Practica 60 segundos de atención plena en algo sensorial (café, música, luz). Es mini-estética cotidiana.
  5. Compasión con agenda
    Un acto útil a la semana (ayuda concreta, mentoría, donación con intención). Curiosamente, esto es de lo menos vulnerable a la adaptación.
  6. Relaciones: menos “química” y más “construcción”
    Bauman describe fragilidad; el antídoto no es drama romántico, es proyecto compartido y acuerdos. (Lo sexy, a veces, es la estabilidad).
  7. Acepta el péndulo, pero cambia la amplitud
    No vas a eliminar deseo y aburrimiento. El objetivo realista es hacer el péndulo más pequeño: menos picos de ansiedad, menos caídas de vacío. Eso ya es una vida mucho más vivible.

Arthur C. Brooks lo resume (desde divulgación moderna): perseguir el “éxito” como satisfacción duradera suele fallar; conviene mover el foco hacia hábitos y significado, no sólo logros.


El giro que hace útil a Schopenhauer (en 2026)

Si Schopenhauer tiene razón, la felicidad no es un trofeo: es silencio temporal del deseo.

Y eso cambia tu estrategia vital:

  • No obsesionarte con “ganar” felicidad.
  • Sí aprender a interrumpir el ciclo (aunque sea por minutos).
  • Y construir una vida donde el deseo trabaje para ti… en vez de tenerte empleado de tiempo completo.

Porque el problema no es querer cosas. El problema es creer que la siguiente cosa será la definitiva.

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