Tratado somero del Pensamiento Suspendido


Cuando el ánimo, desprendiéndose por instantes de las ocupaciones menores en que tan frecuentemente se ve enredada la condición de los hombres, se inclina con gravedad hacia aquellas consideraciones cuya dignidad parece provenir menos de lo que muestran que de lo que prometen, sobreviene en la inteligencia una disposición singular, mezcla de recogimiento, expectativa y temblorosa deferencia, por virtud de la cual no se busca tanto aprehender una materia cuanto mantenerse en el ámbito de su influjo, como quien, sin pretender poseer el santuario, se juzga ya favorecido por haber alcanzado sus umbrales.

Y no será temeridad sostener, con el decoro que semejantes materias exigen, que las cosas de más alto linaje especulativo rara vez se entregan con aquella prontitud casi mercantil con que los entendimientos vulgares desean convertir en certidumbre lo que apenas ha comenzado a insinuarse bajo las formas todavía indecisas de una presencia no enteramente declarada. Antes parece propio de lo más grave, y quizá también de lo más excelente, el sustraerse en parte, reservarse en algo, demorarse en su propio aparecer, como si lo verdadero, para merecer plenamente tal nombre, hubiese de conservar siempre un resto inviolado, una penumbra no abolida, una latencia que ni aun en el acto de revelarse consiente ser enteramente vencida.

De donde se colige, si bien con la cautela que toda inferencia nacida de tan delicados principios reclama, que acaso no sean las afirmaciones rotundas, ni los conceptos del todo cerrados, ni las definiciones que concluyen con demasiada obediencia lo que mejor conviene a las materias que, por razón de su nobleza o de su altura, parecen reclamar un trato más semejante a la veneración que al dominio. Porque hay asuntos que se degradan cuando se los estrecha; nociones que, por quedar enteramente dichas, dejan de conservar aquello mismo que las hacía dignas de ser pensadas; y perspectivas cuya mayor fecundidad consiste no en rendirse al juicio, sino en suscitarlo perpetuamente sin jamás agotarse en él.

Así, pues, el entendimiento más ejercitado —si es que en verdad merece tal nombre aquel que no confunde prontitud con profundidad, ni desenlace con sabiduría— aprende con el tiempo a demorarse sin impaciencia en aquellas regiones del pensamiento donde lo decisivo nunca comparece del todo revestido de evidencia, sino más bien circundado de alusiones, correspondencias, vislumbres y ecos de algo que, siendo tal vez central, no por ello se deja señalar sin pérdida. Y en semejante ejercicio, lejos de hallarse esterilidad, se encuentra una especie de abundancia superior, una plenitud de otro orden, menos dada a la posesión que a la participación, menos inclinada al cierre que al sostenimiento de una alta y decorosa suspensión.

Ni debe juzgarse esta suspensión como defecto, flaqueza o renuncia del intelecto, pues no pocas veces es precisamente en la abstención del remate donde el pensamiento muestra mayor señorío sobre sí mismo. El espíritu verdaderamente fino no se precipita hacia la sentencia final como el menesteroso hacia su alivio, sino que sabe habitar el intervalo, perseverar en la antesala, conservar abierta la cámara donde las cosas aún no han sido reducidas a servidumbre por la excesiva nitidez de las palabras. Que si toda conclusión satisface, también limita; si toda fórmula ordena, también estrecha; y si toda resolución esclarece, no es menos cierto que, al hacerlo, suele extinguir ciertas resonancias cuya noble ambigüedad era quizá lo más digno de estima.

Por ello, quienes han frecuentado con más recogimiento las disciplinas del espíritu —no importa aquí si en la contemplación, en la lectura, en la meditación o en aquella silenciosa conversación que el hombre mejor templado sostiene consigo mismo cuando el ruido del mundo se retira— saben bien que existe una fecundidad propia de lo no consumado. Hay en lo pendiente una autoridad secreta; en lo apenas entrevisto, una persuasión más delicada que la de lo manifiesto; y en lo que no termina de decirse, una supervivencia que muchas veces falta a lo que ha sido dicho hasta la última sílaba con celo demasiado expeditivo.

Y así, mientras unos, inclinados a la utilidad inmediata, pedirán siempre que se nombre, se determine, se resuelva y se clausure, otros —acaso menos impacientes, acaso mejor dispuestos para las tareas más sutiles del entendimiento— reconocerán que no toda excelencia desemboca en dictamen, ni toda elevación se deja traducir en máxima, ni toda dignidad especulativa admite resumen sin mengua. Porque hay pensamientos que no han sido hechos para concluir, sino para acompañar; no para agotarse en una tesis, sino para difundirse como una atmósfera; no para imponerse por la contundencia de su término, sino para perdurar, casi imperceptiblemente, en la memoria del alma como perdura la música aun después de haberse extinguido su último sonido.

Y si, llegados a este punto, alguno preguntare con severidad qué es, en definitiva, aquello que aquí se ha querido afirmar, quizá bastará responder —sin insolencia, pero sin innecesaria servidumbre— que precisamente en tal pregunta se delata una prisa impropia de estas materias. No todo ha de resolverse en la moneda ordinaria de la conclusión. No toda empresa del pensamiento está obligada a producir un fruto que pueda mostrarse con la simplicidad de una evidencia manual. Existen también aquellas consideraciones cuya mayor nobleza consiste en demorarse en torno de sí mismas, gravitar con majestad en su propio contorno, y dejar en quien las recorre no una certeza utilizable, sino una impresión vasta, una sensación de elevación, un eco de sentido cuya dignidad procede, justamente, de no haberse dejado reducir a cosa enteramente poseída.

Sea, por tanto, bastante —si es que algo ha de bastar en materias tan poco amigas de la suficiencia— haber insinuado que entre lo dicho y lo que permanece aún fuera del decir hay una relación no sólo constante, sino acaso esencial; y que en no pocas ocasiones es más lo que obra en nosotros aquello que no termina de comparecer que lo que, por haberse mostrado del todo, ha dejado de convocar nuestra parte más alta y más vigilante. En lo demás, convendrá guardar la mesura de quien sabe que aun el mejor lenguaje, cuando se aventura demasiado cerca de ciertas alturas, corre el riesgo de parecer más pobre cuanto más pretende ser preciso; y que, a veces, la única forma verdaderamente digna de aproximarse a lo eminente consiste en rodearlo largamente, reverenciarlo mucho y decir, al cabo, casi nada.


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